Filosofía del Derecho para Jueces VII

Camus y Sartre: decidir sin certeza absoluta y el peso ineludible de la responsabilidad


Hon. Carlos G. Salgado Schwarz — Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico.

Las opiniones expresadas en esta columna son personales del autor y no constituyen, ni deben interpretarse como, una opinión oficial de la Rama Judicial de Puerto Rico, del Tribunal de Apelaciones, ni de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico en el ejercicio de funciones adjudicativas; se ofrecen exclusivamente en el marco de la libertad de expresión reconocida a los jueces bajo el Canon 24 de Ética Judicial y como parte del intercambio gremial entre magistrados.


I. El vacío que Dworkin nos dejó pendiente

Recordarán que Hércules, el juez de capacidad sobrehumana que Dworkin imaginó, existe para encontrar la única respuesta correcta en cada caso difícil. También recordarán que ningún juez real posee su tiempo ilimitado ni su conocimiento perfecto. Queda entonces una pregunta que las teorías normativas que hemos revisado hasta ahora, derecho natural, positivismo, equidad, imparcialidad, deber, utilidad, no terminan de resolver del todo: ¿cómo decidimos, todos los días, sabiendo que probablemente no alcanzaremos la certeza de Hércules? Albert Camus y Jean Paul Sartre, cada uno desde una posición distinta, escribieron precisamente sobre esa experiencia: actuar, elegir, comprometerse con una decisión, sin la garantía de un fundamento absoluto que confirme que hicimos lo correcto.

II. El absurdo de Camus: no hay juez cósmico

Camus llamó absurdo a la tensión irreducible entre el deseo humano de encontrar sentido y certeza, y un universo que no ofrece esa certeza como respuesta. Frente a esa tensión, identificó dos salidas que consideraba formas de rendición: el suicidio físico, que simplemente clausura la pregunta, y lo que llamó el suicidio filosófico, que consiste en inventar un fundamento absoluto y ficticio solo para aliviar la angustia de no tenerlo. Ambas salidas, decía Camus, evaden el problema en lugar de enfrentarlo.

Hay algo notablemente pertinente en esa idea para nuestro oficio. No necesitamos, escribió Camus, un juez cósmico ni un fundamento absoluto para actuar bien; basta con la decisión de vivir, o en nuestro caso de decidir, de forma coherente con nuestros valores y con el rigor de nuestro método. Esa frase podría, sin exagerar demasiado, colgarse en la pared de cualquier despacho judicial: no tenemos acceso a Hércules ni a una autoridad final que certifique que acertamos. Lo que tenemos es la disciplina del método, aplicada con honestidad, en ausencia de esa certeza última.

III. La rebelión: decidir con dignidad sin garantía

La respuesta de Camus a esa falta de certeza no es la parálisis ni el cinismo; es lo que llamó la rebelión. Rebelarse, en su sentido filosófico, es aceptar que no existe la certeza absoluta que quisiéramos tener, y aun así elegir actuar con dignidad, con coherencia, con responsabilidad. No es una resistencia violenta ni un gesto dramático; es, sencillamente, seguir decidiendo bien aunque nadie pueda garantizarnos desde afuera que cada decisión fue la única correcta posible. Cada sentencia que dictamos sin la certeza absoluta de Hércules es, en ese sentido preciso, un acto de rebelión camusiana: la decisión de actuar con rigor precisamente porque no hay un guion escrito de antemano que nos exima de la responsabilidad de escribirlo nosotros mismos, caso por caso.

IV. Sartre: condenados a ser libres, y la mala fe de esconderse detrás de la ley

Sartre lleva esta idea a un terreno más exigente todavía. Para él, no hay una esencia humana previa que determine quiénes somos; somos, literalmente, lo que elegimos ser a través de nuestros actos. De ahí su frase más conocida: estamos condenados a ser libres. Es una condena porque esa libertad no admite excusas ni intermediarios: nadie puede elegir por nosotros, y tampoco podemos transferirle a nadie más la responsabilidad de lo que elegimos.

Sartre acuñó un concepto que a los jueces nos conviene examinar con honestidad: la mala fe, el autoengaño mediante el cual una persona evade la angustia de su propia libertad escondiéndose detrás de un rol fijo, como si ese rol la eximiera de decidir. Trasladado a nuestro oficio, la mala fe judicial tiene una forma reconocible: la ficción cómoda de que somos meros aplicadores mecánicos de la ley, sin margen de responsabilidad personal en el resultado, como si la norma decidiera por nosotros y nosotros fuéramos apenas su instrumento neutral. Esa ficción, por más que alivie la angustia de decidir, es exactamente el tipo de evasión que Sartre denunciaba: cada vez que interpretamos, y ya hemos visto en esta serie que interpretar es inevitable, estamos ejerciendo una libertad que no podemos delegar en la letra de la ley sin incurrir en mala fe.

V. Elegir es legislar para todos: el eco del imperativo categórico

Hay un punto de encuentro sorprendente entre Sartre y Kant que vale la pena señalar antes de cerrar. Sartre sostenía que cuando una persona elige, no elige solamente para sí misma: elige, en algún sentido, una imagen de cómo debería actuar cualquier persona en esa misma situación, y con ello asume una responsabilidad que se extiende a toda la humanidad. Es, casi palabra por palabra, una versión existencialista del imperativo categórico que trabajamos hace dos entregas: la máxima de nuestra decisión, para ser genuinamente nuestra y no una evasión de mala fe, debe poder sostenerse como el criterio que cualquier otro juez, en nuestra posición, debería seguir.

La angustia que Sartre describe no es, entonces, un defecto a superar; es la señal correcta de que estamos tomando en serio el peso de decidir. Un juez que nunca siente esa angustia en los casos verdaderamente difíciles probablemente esté escondiéndose, sin saberlo, en la mala fe de creer que la ley decidió sola.

VI. Entre colegas: cierre

Camus nos ofrece la serenidad de la rebelión: decidir con dignidad aunque no tengamos la certeza de Hércules. Sartre nos niega el refugio cómodo de la mala fe: la ley no decide por nosotros, y esa libertad, con toda su angustia, es inseparable del oficio que aceptamos al jurar. Entre colegas, quizás la lección más útil de esta entrega sea la más incómoda: la angustia de un caso difícil no es una falla personal que debamos ocultar, es la prueba de que estamos ejerciendo con honestidad la libertad que la función exige. En la próxima entrega de esta serie volveremos a un terreno más técnico: el estándar de prueba como problema filosófico, y qué significa, desde la epistemología, saber algo más allá de duda razonable.



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