La copa que sostiene la conversación

Lo que no se dice en la sala, tercera entrega

Lo que Illinois nos obliga a preguntar sobre la salud de la judicatura


Hon. Carlos G. Salgado Schwarz

Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico; Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico

Las expresiones contenidas en esta columna no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial, y son compartidas en estricto apego a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial.


I. Un hábito que casi nadie cuestiona

Las reuniones de la profesión legal tienen un patrón conocido. Hay un acto formal y, después, hay un brindis. La copa aparece como parte de la cortesía, del reconocimiento, del duelo y de la celebración. Casi nadie la cuestiona, y por eso mismo conviene mirarla de cerca.

El estudio de Illinois la mira. Lo que encontró no es un escándalo, y tampoco es trivial.

II. Lo que dicen los datos

El 85 por ciento de los abogados encuestados bebió alcohol durante el último año. El 50 por ciento de todos los abogados bebió unas cuantas veces al mes, el 22 por ciento varias veces por semana, el 12 por ciento cuatro veces o más por semana y el 9 por ciento casi a diario. Y quienes beben con más frecuencia suelen beber más por ocasión.

El 28 por ciento reportó que en algún momento del año no pudo detener o controlar su consumo. El 27 por ciento dijo que bebe más cuando está bajo estrés, y el 18 por ciento reconoció haber bebido en exceso, de golpe, al menos una vez. Entre quienes bebieron, el 11 por ciento quedó identificado como de alto riesgo para un trastorno por uso de alcohol.

En ese último grupo, los efectos son concretos. El 45 por ciento reportó agotamiento profesional, el 29 por ciento dificultad para sostener la atención y el 28 por ciento incapacidad para rendir a su nivel habitual. En lo personal, el 53 por ciento tuvo lapsos de memoria por el consumo y el 45 por ciento notó un deterioro de su salud física.

III. La cifra que sigue siendo la más importante

De nuevo, el patrón es el del silencio. El 82 por ciento de los bebedores de alto riesgo no buscó ayuda. Cuando se les preguntó por qué, el 70 por ciento respondió que podía manejarlo por su cuenta y el 52 por ciento dijo que disfruta de beber y no quiere dejarlo.

Esas dos respuestas conviven mal con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Somos una profesión que se gana la vida evaluando la credibilidad de los demás. Nos cuesta aplicar ese mismo escrutinio a nuestras propias explicaciones.

IV. Cuando la cultura hace de la abstinencia una rareza

Los comentarios anónimos del estudio son elocuentes. Una abogada de gobierno escribió que existe un estigma real por no beber. Otra describió una vida social profesional organizada casi por completo alrededor de reuniones con alcohol. Otros señalaron que el alcohol se percibe como un medio aceptable de manejar el estrés.

La doctora Uchiyama lo plantea como una responsabilidad institucional: limitar el uso de alcohol en los espacios de trabajo y no normalizarlo como parte de la cultura del derecho y de sus actividades. No sugiere prohibir. Sugiere dejar de tratar la copa como requisito social.

V. Una pregunta que corresponde al magistrado

Entre los testimonios del estudio hay uno que toca de cerca a quienes presidimos salones de sesiones. Un abogado de una organización sin fines de lucro cuenta que, en más de una ocasión, percibió olor a alcohol en un colega de la defensa mientras estaban en sala.

Planteemos la situación como hipótesis. Un juez nota señales de que un abogado que comparece ante él puede estar impedido. Su deber es proteger el proceso y, en un caso penal, los derechos de un acusado. Pero su manera de actuar importa, porque la persona que tiene delante también puede estar enferma. La respuesta no puede ser la indiferencia ni el escarnio. Una judicatura debe tener claro, de antemano y por escrito, qué se hace en ese momento y qué ayuda se ofrece después.

Hay otra conducta que el estudio mide y que, a diferencia de la copa, no deja olor, ni temblor, ni rastro visible: el juego. Y en Puerto Rico es hoy un asunto de política pública. Será la cuarta entrega.



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