El juez Hércules: el ideal de la única respuesta correcta y sus críticos
Hon. Carlos G. Salgado Schwarz — Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico.
Las opiniones expresadas en esta columna son personales del autor y no constituyen, ni deben interpretarse como, una opinión oficial de la Rama Judicial de Puerto Rico, del Tribunal de Apelaciones, ni de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico en el ejercicio de funciones adjudicativas; se ofrecen exclusivamente en el marco de la libertad de expresión reconocida a los jueces bajo el Canon 24 de Ética Judicial y como parte del intercambio gremial entre magistrados.
I. De la imparcialidad rawlsiana a la interpretación dworkiniana
Con Rawls cerramos la pregunta de cómo decidir sin que el interés propio contamine el juicio. Ronald Dworkin, el jurista norteamericano que dominó buena parte del debate angloamericano de filosofía del derecho en la segunda mitad del siglo XX, nos lleva a una pregunta distinta: una vez que decidimos con imparcialidad, ¿existe siempre una respuesta jurídicamente correcta esperando a ser encontrada, incluso en los casos más difíciles? Para explorar esa pregunta, Dworkin no escribió un tratado abstracto: inventó un personaje. Lo llamó Hércules.
II. Quién es Hércules: el juez de capacidad sobrehumana
Hércules es, en palabras de quienes han estudiado la obra de Dworkin, un juez mítico al que se le encomienda la tarea de descubrir la “respuesta correcta” a cualquier enigma jurídico, examinando la totalidad de los textos escritos y los principios morales que constituyen el orden social de su comunidad. No es un juez real ni un modelo que Dworkin esperara que alguien igualara: es, deliberadamente, un ideal regulativo, dotado de habilidad, conocimiento, paciencia y agudeza sobrehumanos. Hércules tiene tiempo ilimitado, memoria perfecta de todo el derecho existente, y la capacidad de identificar, entre todas las interpretaciones posibles de una norma, aquella que mejor se ajusta y mejor justifica la práctica jurídica de su comunidad tomada como un todo.
El propósito de inventar una figura tan evidentemente irreal no era ingenuidad. Era metodológico: Dworkin quería aislar, en la persona de Hércules, cuál sería el método correcto de decidir si no existieran las limitaciones humanas de tiempo, información y sesgo que sí afectan a cualquier juez de carne y hueso —nosotros incluidos.
III. El derecho como integridad: la novela en cadena
El método de Hércules tiene un nombre: derecho como integridad, la tesis central que Dworkin desarrolla en El imperio de la justicia. Dworkin compara la tarea judicial con la escritura de una novela en cadena: un ejercicio literario en el que varios autores colaboran, cada uno escribiendo un capítulo nuevo a partir de los capítulos que ya existen. El primer autor goza de amplia libertad, limitada apenas por las convenciones generales del género. Pero para cuando se llega al capítulo doce o trece, el autor tiene muy poco margen para inventar la trama libremente: debe escribir el capítulo que mejor continúe, con coherencia y con la mayor calidad narrativa posible, lo que los capítulos anteriores ya establecieron.
El juez, para Dworkin, es exactamente ese autor tardío en la cadena. No inventa el derecho desde cero, y tampoco se limita a copiar mecánicamente lo que otros escribieron antes. Interpreta la historia institucional que hereda —las leyes, los precedentes, los principios que las cortes han venido reconociendo— y produce la decisión que, de todas las interpretaciones posibles compatibles con esa historia, presenta el derecho de su comunidad bajo su mejor luz moral y política.
IV. La tesis de la única respuesta correcta
De ese método se desprende la tesis más discutida —y más resistida— de todo el universo dworkiniano: incluso en los casos difíciles, donde juristas razonables discrepan de buena fe, existe una única respuesta jurídicamente correcta. No porque esa respuesta sea evidente ni fácil de encontrar, sino porque el ejercicio interpretativo, llevado con el rigor y la exhaustividad de Hércules, converge —al menos en principio— en una sola solución que se ajusta mejor que cualquier otra a la integridad del derecho existente. Los jueces humanos, con nuestro tiempo limitado y nuestro conocimiento imperfecto, podemos fallar en encontrarla. Pero su existencia, insiste Dworkin, no depende de que la encontremos.
V. Las críticas: del juez Robin Hood a la imposibilidad práctica
La tesis de Dworkin ha recibido dos objeciones que vale la pena distinguir con cuidado, porque suelen mezclarse en la conversación gremial de manera poco precisa. La primera es la que la literatura crítica ha bautizado como el temor al “juez Robin Hood”: si el juez interpreta el derecho buscando su mejor versión moral, ¿no se le está dando licencia para imponer su propia concepción de la justicia bajo la apariencia de interpretación jurídica? Los estudiosos que han examinado esta objeción con más rigor —y que en general defienden a Dworkin de esta lectura— aclaran que la tesis de que el derecho siempre requiere interpretación no implica que los jueces puedan manipular las normas legales según su propia concepción de la justicia. El derecho como integridad exige ajuste, no solo justificación moral: la interpretación de Hércules debe encajar con la historia institucional existente, no sustituirla por la preferencia personal del intérprete.
La segunda objeción es más pedestre y, para nosotros, más relevante en el día a día: Hércules no existe. Ningún juez tiene tiempo ilimitado, memoria perfecta del derecho entero, ni inmunidad a sus propios sesgos. Si el estándar de la decisión correcta requiere una capacidad sobrehumana para alcanzarse con certeza, ¿qué le queda al juez real, que debe resolver un calendario apretado con los recursos limitados que tiene? La respuesta más honesta, y la que este propio Hércules estaría de acuerdo en aceptar, es que la figura no funciona como descripción de lo que hacemos, sino como aspiración que orienta la dirección del esfuerzo: no alcanzaremos la exhaustividad de Hércules, pero podemos preguntarnos, en cada caso difícil, si nuestra interpretación es la que mejor ajusta y mejor justifica el derecho que heredamos, sabiendo que la pregunta importa incluso cuando la respuesta perfecta nos sea, humanamente, inalcanzable.
VI. Entre colegas: cierre
Hércules no es un modelo que debamos imitar literalmente; es una vara de medir que nos recuerda hacia dónde apunta el esfuerzo interpretativo cuando lo hacemos con honestidad: no hacia la imposición de nuestra preferencia personal, sino hacia la mejor lectura posible, coherente y justificada, de la historia jurídica que heredamos y continuamos con cada sentencia. En la próxima entrega de esta serie nos moveremos de la interpretación a la motivación: el imperativo categórico de Kant y la pregunta de si un juez debe decidir por deber o por las consecuencias que su decisión produce.


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