Por el Hon. Carlos G. Salgado Schwarz, Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico y Presidente de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico (magistradospr.com)
Las expresiones vertidas no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial y son compartidas en estricto apego y a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial al Presidente de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico.
Hoy, 15 de septiembre, las Grandes Ligas conmemoran el Día de Roberto Clemente, la fecha en que todo el béisbol profesional se detiene a recordar a un hombre que murió, literalmente, en el acto de ayudar a otros. Clemente no cayó en un terreno de juego ni en la cúspide de su carrera deportiva. Cayó al mar la noche del 31 de diciembre de 1972, en un avión sobrecargado que intentaba llevar ayuda a las víctimas de un terremoto en Nicaragua. Tenía 38 años. Había bateado exactamente 3,000 hits, una cifra redonda que el destino pareció reservarle a propósito, como si supiera que no habría más tiempo.
Ese dato, el “3,000 exacto”, suele contarse como anécdota deportiva. Pero hay algo más revelador en la vida de Clemente que sus estadísticas: la idea de que cada oportunidad de hacer el bien que se deja pasar es, en efecto, tiempo perdido sobre esta tierra. Esa convicción no era un eslogan de mercadeo. La vivió hasta el último instante de su vida.
La toga y el servicio, no el prestigio
Vale la pena preguntarse qué tiene que ver un jardinero derecho de los Piratas de Pittsburgh con la función judicial. La respuesta está en la idea de vocación, no de empleo. Clemente pudo haberse retirado tranquilo, disfrutando el prestigio ganado con doce Guantes de Oro y dos campeonatos de Serie Mundial. En cambio, escogió subirse a un avión en la última noche del año para acompañar personalmente un cargamento de ayuda humanitaria, porque desconfiaba de que la ayuda llegara sin que alguien de confianza la supervisara.
Esa desconfianza hacia el sistema, y la disposición a poner el cuerpo para que el sistema funcionara como debía, es, en el fondo, la misma lógica que debería animar a quien ejerce la función judicial. Un juez o jueza no ocupa la toga para acumular prestigio ni para administrar expedientes con la menor fricción posible. La ocupa para que, al final del proceso, una persona que llegó al tribunal buscando justicia efectivamente la haya recibido. Cuando la función judicial se ejerce como trámite y no como servicio, se pierde exactamente lo que Clemente entendía sobre el propósito de tener una plataforma: no es para uno mismo, es para lo que uno puede hacer con ella por otros.
Dignidad bajo escrutinio
Clemente jugó bajo un peso doble: el de un atleta de élite constantemente evaluado por su desempeño, y el de un hombre que enfrentó prejuicio por ser puertorriqueño y afrolatino en un béisbol estadounidense que no siempre supo qué hacer con él. Exigió respeto sin perder la compostura. Habló claro sobre el trato desigual hacia los jugadores latinos sin convertirse en un espectáculo de resentimiento.
Los jueces y juezas de hoy ejercen bajo un escrutinio público que no da tregua: cada decisión puede terminar en una portada, cada fallo puede ser leído fuera de contexto en una red social. La lección de Clemente no es que haya que ser inmune a la crítica (él nunca lo fue), sino que la dignidad en el cargo no se defiende con arrogancia ni con silencio absoluto. Se defiende con carácter consistente, decisión tras decisión, año tras año, hasta que ese carácter se convierte en la reputación misma.
Un símbolo que Puerto Rico ya sabe construir
Puerto Rico ha demostrado, con Clemente, que sabe reconocer y sostener la integridad como símbolo nacional cuando la ve. La pregunta que vale la pena dejar sobre la mesa es si la judicatura puertorriqueña está dispuesta a exigirse ese mismo estándar: no la perfección, que nadie tiene, sino la disposición genuina de que cada día en que no se ayudó a alguien que acudió buscando justicia fue, en efecto, un día perdido.


Leave a comment