La soledad de la toga

Una carta a mis hermanos y hermanas jueces

Hon. Carlos G. Salgado Schwarz

Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico

Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico (FMPR)

Nota Insitucional: Las expresiones vertidas en esta columna son estrictamente personales y se emiten a título de ciudadano y de Presidente de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico, en el ejercicio legítimo de la gestión asociativa amparada por el Canon 25 del Código de Conducta Judicial. No representan la posición oficial del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico ni de la Rama Judicial, y se ofrecen con estricto respeto a los límites que impone el Canon 24.


A mis hermanos y hermanas jueces:

Les escribo esta carta desde el despacho, con la toga puesta en sentido figurado, desde el expediente que no termina, desde el silencio que todos conocemos y que pocos nombramos. No les escribo como quien observa desde afuera, sino como quien ha cerrado también la puerta del despacho antes de permitirse sentir lo que un caso deja por dentro.

Quiero preguntarles algo con franqueza, entre nosotros: ¿cuándo fue la última vez que le dijimos a un colega “esto me está pesando” sin medir antes cómo sonaría, sin calcular si esa frase se interpretaría como fisura, como falta de temple, como algo impropio de quien ocupa el estrado? Sospecho que a muchos, como a mí, no les resulta fácil recordarlo.

Sabemos guardar la compostura. Es, quizás, lo primero que aprendemos y lo último que soltamos. Pero guardar la compostura en sala no debería significar guardar silencio siempre. Hemos normalizado una arquitectura emocional distinta a la de otras profesiones: el médico consulta a un colega sobre un diagnóstico difícil sin que eso ponga en entredicho su competencia; el abogado toma una licencia sin que su idoneidad quede bajo sospecha. Nosotros, en cambio, hemos aprendido —muchas veces sin que nadie nos lo dijera en voz alta— que cualquier señal de vulnerabilidad puede leerse como grieta en la imparcialidad o en el temperamento judicial.

Y sin embargo, cargamos lo mismo que cualquier otro ser humano, y en muchos casos, más. El trauma vicario de presidir, una audiencia tras otra, los relatos de violencia doméstica, de menores maltratados, de tragedias que no elegimos vivir pero que absorbemos cada día que ejercemos este sacerdocio. La fatiga de calendarios que exceden por mucho los estándares razonables de manejo de casos. La soledad estructural de decidir sin poder, casi nunca, compartir el peso de la decisión con nadie fuera del expediente mismo.

No les escribo para señalar una debilidad colectiva. Les escribo para nombrar una verdad que comparto con ustedes: la fortaleza que se sostiene en silencio absoluto, sin válvula, sin espacio de desahogo legítimo, no es fortaleza sostenible. Es, apenas, resistencia que tarde o temprano cobra su factura, en la salud, en la sala, en la calidad de nuestras propias determinaciones.

He visto, en los foros donde represento a nuestra Federación, que otras jurisdicciones ya empezaron a construir lo que a nosotros todavía nos falta: programas de apoyo entre pares, donde un juez puede hablar con otro juez que ha vivido lo mismo, sin que esa conversación se convierta en expediente disciplinario ni en materia de rumor de pasillo. Líneas de asistencia confidenciales, diseñadas para nuestra realidad específica, no adaptadas de otro gremio. Formación judicial que incluya, junto a la doctrina, herramientas reales para procesar lo que absorbemos en cada estrado.

Quiero que sepan que desde la presidencia de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico esto no es, para mí, un tema periférico. Un juez agotado y aislado no solo sufre en lo individual —que ya de por sí merece nuestra atención como gremio— sino que se vuelve más vulnerable en su desempeño y más expuesto a las presiones que precisamente buscan explotar el desgaste como punto de quiebre. El bienestar judicial no compite con la independencia judicial: es, en el fondo, una de sus condiciones.

Por eso les escribo, hermanos y hermanas: no para pedirles que se muestren débiles ante quien no debe verlo, sino para recordarles que ante quienes sí entendemos, ante quienes también hemos cerrado esa misma puerta, no tienen que cargar solos lo que la toga nos exige cargar en público. Que decir “esto me pesa” entre nosotros no es faltarle el respeto al cargo. Es, quizás, la manera más honesta de honrarlo.

Seguiré insistiendo, desde la Federación, en que esta conversación deje de ser un susurro entre colegas y se convierta en política institucional. Mientras tanto, y sobre todo, cuéntense conmigo, y cuéntense entre ustedes.

Con hermandad y con respeto,

Carlos G. Salgado Schwarz

Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico



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