Habermas y la decisión que puede justificarse ante todos
Hon. Carlos G. Salgado Schwarz
Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico
Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico
Las expresiones contenidas en esta columna no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial, y son compartidas en estricto apego a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial.
I. La pregunta que dejó Montesquieu
En la entrega anterior vimos que el juez no puede ser pura boca de la ley, porque la ley no se aplica sola. Eso deja una pregunta incómoda. Si interpretamos, si decidimos con un margen que el texto no agota, ¿con qué derecho lo hacemos? Nadie nos eligió para gobernar, y sin embargo nuestras decisiones obligan. Jürgen Habermas se hizo esa pregunta con más seriedad que casi nadie, y su respuesta tiene consecuencias muy prácticas para quien escribe sentencias.
II. Legitimidad por razones
La idea central de Habermas es que una norma, y por extensión una decisión, es legítima cuando puede ser aceptada por todos los que resultan afectados por ella, siempre que participen en una discusión racional en condiciones de igualdad. No habla de una votación ni de un consenso real que haya que medir. Habla de razones que cualquier persona afectada podría aceptar si se le escuchara de buena fe.
Para un juez esto cambia el enfoque. La legitimidad de una sentencia no descansa solo en que el tribunal tenga jurisdicción y competencia. Descansa también en la calidad de las razones que ofrece. Una decisión bien fundada es la manera que tiene el poder judicial de ganarse, caso a caso, la autoridad que ninguna elección le va a conceder.
III. Dos exigencias que tiran en direcciones distintas
Habermas observa que toda decisión judicial tiene que cumplir dos exigencias a la vez. Una es la seguridad jurídica, es decir, que el resultado sea coherente con el derecho vigente y previsible para quien lo invoca. La otra es que la decisión sea correcta, que pueda defenderse como justa ante las partes y ante la comunidad. Son las dos caras de la tensión que venimos viendo desde Aquino y Hart, ahora formuladas como una prueba que toda sentencia debe superar.
Un fallo que solo cumple la primera exigencia puede ser formalmente impecable y aun así parecerle injusto a todo el mundo. Uno que solo cumple la segunda puede ser admirable en el plano moral y, a la vez, arbitrario desde el punto de vista del derecho. Lo que se le pide al tribunal es que logre las dos cosas, y que lo demuestre por escrito.
IV. Una objeción a Hércules
Aquí entra una crítica que nos toca de cerca. En la cuarta entrega hablamos del juez Hércules de Dworkin, ese juez ideal que reconstruye todo el derecho para encontrar la mejor respuesta. Habermas le hace una objeción respetuosa, pero firme. Hércules razona solo. Llega a su conclusión en un monólogo, sin que nadie lo contradiga, y eso es justo lo que ningún juez real puede hacer sin riesgo.
Habermas propone sustituir al héroe solitario por un procedimiento. Si las razones de una decisión han de ser aceptables para los afectados, entonces el proceso mismo importa: que las partes hayan podido presentar su caso, que sus argumentos hayan sido tomados en serio, que la decisión responda a ellos y no solo a lo que el tribunal ya pensaba. Quien alguna vez redactó una sentencia sabiendo que la parte perdedora la leería con lupa sabe de qué se trata.
V. Lo que esto pide en el despacho
Llevada a la práctica, la idea de Habermas se traduce en hábitos muy concretos. Escuchar atentamente los argumentos de las partes, y prestarle mucha atención a los de la parte que resultará adversamente afectado por la decisión y responderle en la sentencia, aunque sea para rechazarlos. Explicar por qué se escoge una interpretación y no otra, en lugar de presentarla como la única posible. Evitar las razones que solo convencen a quien ya está convencido. Y revisar el borrador preguntándose si alguien que perdió podría reconocer allí que fue tratado con respeto, aunque no comparta el resultado.
Es un estándar exigente y también realista. No pretende que todos queden conformes. Pide que nadie salga sintiendo que el tribunal no lo escuchó.
VI. Entre colegas
A veces sentimos que fundamentar cada decisión es un lujo que el calendario no permite. Habermas nos recuerda que es la parte del trabajo que sostiene todo lo demás. Una sentencia que persuade necesita menos fuerza para cumplirse, y una institución que decide con buenas razones soporta mejor la crítica, incluso la injusta.
En la próxima entrega le damos la palabra a Wittgenstein y a la pregunta de qué significa seguir una regla, un asunto que parece abstracto hasta que uno tiene que decidir qué quiso decir realmente una norma.


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