Filosofía del Derecho para Jueces X

Montesquieu y la boca de la ley: el juez que nunca fue tan mudo como se dijo


Hon. Carlos G. Salgado Schwarz
Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico
Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico

Las expresiones contenidas en esta columna no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial, y son compartidas en estricto apego a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial.


I. Una frase que todos hemos oído

Casi todo jurista ha escuchado alguna vez que el juez es la boca de la ley. La frase se atribuye a Montesquieu y suele aparecer en las discusiones sobre activismo judicial, casi siempre como una acusación o como un ideal, según quién hable. En la entrega anterior vimos cuánto de nosotros mismos entra en cada decisión. Conviene ahora volver a la fuente de esa imagen del juez neutro y preguntarnos qué dijo realmente su autor y por qué lo dijo.

II. Lo que Montesquieu escribió

En el capítulo sexto del libro undécimo de El espíritu de las leyes, al describir la constitución de Inglaterra, Montesquieu sostiene que los jueces de la nación no son más que la boca que pronuncia las palabras de la ley, seres inanimados que no pueden moderar ni su fuerza ni su rigor. En el mismo pasaje llega a decir que el poder de juzgar es, en cierto modo, nulo. Leída sola, la frase parece un programa completo para la judicatura.

Pero hay que leerla con su contexto. Montesquieu no estaba escribiendo un manual de interpretación. Estaba escribiendo sobre la libertad política. Su preocupación central era que quien hace la ley, quien la ejecuta y quien juzga no fueran la misma mano, porque donde se concentran esos poderes la libertad de las personas queda a merced de quien los reúne. Un juez que pudiera crear la regla a su antojo sería, para él, un legislador sin control. De ahí la imagen de la boca de la ley: una forma enfática de decir que el tribunal no debe convertirse en fuente autónoma de derecho.

III. Quien escribió esto era un juez

Hay un dato poco divulgado. Montesquieu fue magistrado. Heredó de un tío un cargo de presidente en el Parlamento de Burdeos, que ejerció durante años, y conoció desde adentro el oficio de juzgar y también sus abusos. Esa experiencia explica buena parte de su desconfianza hacia el arbitrio personal. En su tiempo, los jueces compraban y heredaban sus cargos, y los justiciables sufrían la incertidumbre de no saber qué resolvería cada tribunal ante una misma situación.

Esto cambia el tono de la frase. No es el desprecio de un teórico hacia los jueces. Es la exigencia de alguien que los conoció de cerca y quería que la ciudadanía pudiera prever lo que el Estado haría con ella.

IV. Lo que la imagen sí enseña

Sería un error descartar la frase por simplista. Contiene una intuición que sigue vigente: la previsibilidad es una forma de libertad. Quien puede anticipar cómo se aplicará la norma puede organizar su vida, cumplir sus contratos y defenderse. Si cada juez resolviera según su propia idea de lo justo, la persona común nunca sabría a qué atenerse. El principio de legalidad penal, la irretroactividad de la ley desfavorable y el deber de fundamentar las sentencias descansan sobre esa misma idea.

También hay en ella una advertencia sobre nuestra posición institucional. Quien juzga no ha sido electo para gobernar y, por eso, la deferencia hacia la decisión del legislador no es debilidad. Es respeto por el reparto de funciones que protege a todos, incluidos los jueces.

V. Lo que la imagen no puede sostener

El problema aparece cuando se toma la frase como descripción literal del trabajo. Ya lo vimos desde la segunda entrega. La ley es general y los casos son particulares, y entre una y otros hay siempre un espacio que alguien tiene que llenar. La epieikeia aristotélica existe porque la letra se queda corta. Hart reconocía una zona de penumbra en el significado de las reglas, y Dworkin mostró que los casos difíciles se resuelven con principios que ninguna palabra del texto dicta por sí sola. Un juez que fuera pura boca no podría dictar una sola sentencia, porque ni las palabras de la ley se pronuncian solas ni se aplican solas.

Además, hay un matiz incómodo para quien invoque a Montesquieu como autoridad contra toda discreción. En ese mismo capítulo, el autor admite que en ciertos casos la ley puede resultar demasiado rigurosa y que entonces hace falta una instancia que la modere. Es decir, el propio Montesquieu intuía que el mecanismo puro no funciona. Su imagen es un límite que se le pone al poder de juzgar, no un retrato fiel de cómo se juzga.

VI. Entre colegas

Podemos quedarnos con lo mejor de Montesquieu sin cargar con su exageración. Del juez como boca de la ley conservamos el deber de fundar lo que decimos en el derecho y no en nuestras preferencias, y la conciencia de que cada vez que interpretamos hacemos algo que otros no pueden revisar tan fácilmente como creen. Lo que descartamos es la fantasía de que podemos decidir sin interpretar.

Una buena pregunta para cualquier despacho judicial es esta: cuando fallo, ¿puedo explicar mi decisión en términos que el legislador y la parte perdedora reconocerían como derivados del derecho? Si la respuesta es sí, la imagen de Montesquieu sigue haciendo su trabajo. En la próxima entrega seguimos con la legitimidad de esa explicación, de la mano de Habermas y la idea de que una decisión es aceptable cuando puede justificarse ante todos los afectados.



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