Filosofía del Derecho para Jueces: Interludio

Cuando la muerte llega a casa del juez


Hon. Carlos G. Salgado Schwarz Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico Juez del Tribunal de Apelaciones de Puerto Rico

Las expresiones contenidas en esta columna no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial, y son compartidas en estricto apego a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial.


I. Una pausa en el orden

Esta serie venía hablando de métodos, de sesgos y de teorías sobre cómo se decide. Hoy hacemos una pausa en ese orden para hablar de algo que ningún método resuelve: la muerte de un padre, una madre, un hermano, una pareja o un hijo en la vida de quien juzga. Es un tema del que los jueces hablamos poco. Lo cargamos en silencio, y al día siguiente volvemos a la sala porque el calendario no se detiene.

II. El oficio no espera

Hay algo particular en la forma en que el duelo llega a un juez. Otras personas pueden apartarse del trabajo y dejar que el mundo espere. Nosotros tenemos señalamientos, términos, partes citadas y personas cuya libertad o patrimonio dependen de una decisión que alguien tiene que tomar. Y se espera de nosotros una serenidad que se confunde fácilmente con ausencia de emoción.

Con los años uno aprende a ocultar bien lo que siente. Esa habilidad es útil en el estrado y bastante menos útil en la casa, donde hay otros que también están de duelo y que necesitan a alguien presente y no a un magistrado.

III. Lo que dijeron los antiguos

Los estoicos, de quienes hablamos en una entrega anterior, escribieron mucho sobre la muerte, y a veces se les lee como si pidieran no sentir nada. No es así. Séneca, en una de sus cartas a Lucilio, sostiene que las lágrimas pueden correr, pero que no deben ser interminables. Reconoce el dolor como algo natural y le pone un límite, no una prohibición. La enseñanza útil para nosotros es que la serenidad no consiste en no sentir, sino en no dejar que el sentimiento tome por completo el timón.

Camus, a quien leímos antes, nos recordó que enfrentamos esas pérdidas sin explicación que las justifique. Hay una honestidad en aceptar que a veces no hay sentido que encontrar y que, aun así, hay que seguir. Lo que distingue entonces a una persona es el modo en que sigue, y no el hecho de que siga.

IV. El duelo y el juicio

Aquí el tema se conecta con la entrega sobre los sesgos. Una persona en duelo juzga con más cansancio, con menos paciencia y, a veces, con una sensibilidad distinta a ciertos hechos. Quien perdió a un familiar en un accidente puede oír de otra manera un caso de muerte por negligencia. Quien acompañó a un enfermo terminal puede reaccionar con particular intensidad ante un pleito sobre cuidado médico o sobre una herencia.

No se trata de pensar que el duelo nos inhabilita. Se trata de reconocer que está presente y vigilarlo, de la misma manera que vigilamos cualquier otro sesgo. Si un caso toca demasiado cerca una herida abierta, las normas de inhibición existen precisamente para esas situaciones, y usarlas con honestidad no es un fracaso del juez. Es una forma de proteger al justiciable y a nosotros mismos.

V. Permiso para el duelo

Hay dos errores opuestos que conviene evitar. El primero es creer que un buen juez no se detiene nunca, que el tiempo para llorar es una indulgencia que la función no permite. Ese mito se paga caro, con la salud, con los vínculos y, a la larga, con la calidad del trabajo. El segundo error es convertir el duelo en una excusa permanente para no rendir cuentas. Ambos extremos desconocen que las personas necesitan tiempo y que las instituciones necesitan continuidad.

Lo sensato queda en el medio. Pedir el tiempo que haga falta y usar los mecanismos que el sistema ofrece. Hablar con alguien de confianza. Aceptar que el rendimiento de las primeras semanas no será el de siempre, y que eso no es una falta de profesionalismo. Y recordar que cuidar el equilibrio emocional de quien juzga también es cuidar la justicia que imparte.

VI. Entre colegas

Escribo esto desde un lugar que conozco ahora más de cerca. Hace pocos días despedí a mi señora madre, doña Cuqui. No voy a decir que lo he procesado, porque no sería cierto. Lo que sí he descubierto es que todo lo anterior, lo que uno sabe de los estoicos y de la serenidad en el estrado, se queda corto cuando la pérdida es propia. Una cosa es acompañar a otros en un trance así y otra distinta es sentarse a hablar de ello con la voz que a uno le queda.

También he aprendido, en estos días, cuánto vale la palabra de un compañero. Una llamada, un mensaje, alguien que pregunta cómo estás sin esperar una respuesta ensayada. Entre jueces nos vemos a diario y a veces ignoramos cómo está el que trabaja a nuestro lado. Hacer esa pregunta con sinceridad forma parte de lo que significa tener una federación, y es también lo que somos los unos para los otros. A quienes hoy cargan con una pérdida, les digo lo que quisiera que me dijeran a mí: no tienen que sostenerse solos.

Retomaremos la serie en la próxima entrega con Habermas y la legitimidad de las decisiones ante quienes afectan. Por ahora, que esta pausa sirva para recordar que detrás de cada toga hay una persona que también despide a los suyos.

-C.G.S.S.



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