Los sesgos que no vemos y la humildad de quien juzga
Hon. Carlos G. Salgado Schwarz, Juez de Apelaciones; Presidente, Federación de la Magistratura de Puerto Rico.
Las expresiones vertidas no representan la postura institucional del Poder Judicial conforme dispone el Canon 24 de Ética Judicial y son compartidas en estricto apego y a la facultad conferida por el Canon 25 de Ética Judicial al Presidente de la Federación de la Magistratura de Puerto Rico.
I. Lo que el método no arregla
Llevamos ocho entregas hablando de cómo interpretar la ley, de cómo decidir con imparcialidad y de cuánta certeza podemos exigirnos. Todo eso descansa sobre una idea que rara vez decimos en voz alta: que si aplicamos bien el método, el resultado sale limpio. Cualquiera que haya pasado años en un tribunal sabe que no siempre es así. La psicología cognitiva lleva décadas mostrando que una mente humana, incluso usando el método correcto, tropieza una y otra vez con los mismos errores, y que ni la buena voluntad ni los años de oficio los hacen desaparecer.
II. Cuando la experiencia es en realidad intuición
Solemos decir que valoramos la prueba con la experiencia que dan los años. Buena parte de esa experiencia es intuición, y la intuición trabaja con atajos. Los atajos son útiles en la vida diaria, nadie analiza a fondo cada decisión de camino al trabajo. Pero valorar prueba pide justamente lo contrario de un atajo. Pide ir despacio y buscar con intención lo que contradice la primera impresión. Cuando el atajo se cuela en lugar de ese esfuerzo, la decisión sigue pareciendo razonamiento jurídico, aunque por dentro funcione como cualquier corazonada.
III. Tres sesgos que conviene saber nombrar
El primero es el sesgo de confirmación. Nos gusta tener razón, y si una hipótesis nos resulta atractiva desde temprano, tendemos a fijarnos en lo que la apoya y a darle menos peso a lo que la contradice. Es lo opuesto a lo que veíamos en la entrega anterior, cuando hablábamos de someter una hipótesis a intentos serios de refutarla.
El segundo es el anclaje. La primera cifra que escuchamos pesa más de lo debido, aunque sepamos que es arbitraria. Una cuantía reclamada, una pena sugerida, una estimación inicial: todo eso se queda pegado a lo que decidimos después.
El tercero es el sesgo retrospectivo. Una vez sabemos cómo terminó algo, nos parece que era obvio desde el principio. Pasa mucho cuando evaluamos si un daño era previsible o si alguien fue negligente. Lo que hoy se ve evidente no lo era para quien tuvo que decidir sin conocer el final.
Ponerles nombre importa por una razón sencilla: un sesgo que no sabemos nombrar es un sesgo que no vigilamos.
IV. La humildad judicial
La filosofía jurídica contemporánea ha empezado a tratar esto como una virtud, la humildad judicial. Vale aclarar lo que no es. No es inseguridad ni indecisión. Tampoco es esa modestia de salón de quien dice dudar mientras ya lo tiene todo decidido. Es reconocer que nuestro juicio tiene límites reales y comportarnos en consecuencia: buscar la evidencia que nos incomoda, preguntarnos si la primera impresión nos está llevando de la mano y desconfiar de lo fácil que resulta ver un desenlace como inevitable después de conocerlo.
Se parece mucho a la prudencia de la que hablamos en la columna sobre las virtudes estoicas. Prudencia es saber discernir, y para discernir hay que aceptar que lo que pensamos no es correcto solo porque lo pensamos nosotros.
V. Más que buenas intenciones
Los sesgos funcionan por debajo de lo que percibimos, así que la buena intención no alcanza para detectarlos justo cuando ocurren. Ayudan los hábitos concretos. Antes de resolver un caso difícil, preguntarnos qué evidencia contradice la conclusión a la que ya vamos llegando. Cuando evaluamos si algo era previsible, reconstruir con honestidad lo que se sabía antes del resultado y no después. Y escribir el razonamiento con calma, porque muchas veces es al redactar que descubrimos que la lógica no sostenía lo que creíamos.
Nada de esto garantiza perfección. Es vigilancia, y vigilar ya es bastante.
VI. Entre colegas
Esta entrega cierra el primer bloque de la serie, el que pasó por Aquino y Hart, Aristóteles, Rawls, Dworkin, Kant, el utilitarismo, Camus y Sartre, y la epistemología de la prueba. Pero la serie continúa. Nos quedan otras voces por escuchar, empezando por Montesquieu y su imagen del juez como simple boca de la ley, una idea que conviene discutir ahora que hemos visto cuánto de nosotros mismos entra en cada decisión.
Lo que llevamos hasta aquí apunta a algo sencillo. Decidir bien no depende de tener certeza. Depende de aplicar el método con rigor sabiendo que lo aplica una persona, con sus atajos y sus puntos ciegos. Con eso en mente, en la próxima entrega le damos la palabra a Montesquieu.


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